A diferencia de un reloj mecánico, nuestro reloj biológico nos permite tener una noción del tiempo, sin que tengamos que ver la aguja del reloj. Aparte de eso, como si se tratara de un reloj tradicional, también activa las alarmas biológicas que dan inicio a una serie de procesos biológicos en nuestro organismo, que garantizan su correcto funcionamiento.
Cuando sentimos hambre o sueño, es porque nuestro reloj biológico nos está advirtiendo lo que debemos hacer en beneficio del organismo.
Todas las actividades que ocurren internamente en nuestro cuerpo, tienen que ver con el reloj biológico, el cual se encarga de sincronizar todos los procesos necesarios en distintos momentos como secreciones glandulares, producción de hormonas, metabolismo, funcionamiento del cerebro, corazón, y la regulación de la temperatura entre otros. Aunque su funcionamiento es individual, sigue un patrón de ciclo de 24 horas.
Las actividades que desarrollamos, adversas a las advertencias de nuestro reloj biológico, pueden deteriorar nuestra salud, debido al desequilibrio que ocasionan al organismo. Dejar de dormir cuando tenemos sueño, no comer cuando nos da hambre, son ejemplos de actos que no debemos realizar, si deseamos el bienestar. 
Las consecuencias pueden ser fatiga crónica, trastornos del sueño, depresión, descompensación, obesidad, diabetes, problemas cardiacos, falta de apetito, malestares digestivos, úlcera gástrica y otras.
La ritmicidad circadiana (reloj biológico) principalmente se regula por los períodos de luz y oscuridad, pero también se ha observado que la restricción al acceso de comida, influye profundamente en la sincronización de los ritmos biológicos.
La recomendación general, consiste en respetar las advertencias de nuestro ritmo circadiano a través de las sensaciones de hambre y sueño. Debemos procurar no saltar esas advertencias, comiendo  durmiendo respectivamente. De no ser así, estaríamos causando un desequilibrio, que traerá resultados perjudiciales para nuestra salud.